Fiesta de Navidad en Deventer

Alejandro Cernuda



Antes de llegar a aquella fiesta de Navidad en Deventer, a la que con cariño fui invitado, ya me lo habían advertido: es bizarre, a falta de una palabra en español. No lleves la lógica, ni tu cultura de Cristo acá está la cena con pavo en tu honor porque tú, salido del plato, sabes que hoy el plato no es lo más importante. Desde el auto la llamada. Es el momento exacto para reunir en Cuba a toda mi familia. Una llamada corta, papá y mamá, mientras voy a la fiesta. Y es que todavía no aprehendo las costumbres de este país, ni es costumbre esta fiesta de Navidad ni puedo llamar más de diez minutos ni el auto es mío. Parecen alegres en Cuba hay cena y por tanto todo está bien en el pueblo aburrido, donde nunca pasa nada más importante que la muerte. Parecen preocupados por mí cuando preguntan sobre el trabajo. ¿Estás trabajando, hijo? Mira que el capitalismo. Sí, viejo, miento por mentir.

 

En la fiesta casi todos se conocen. Allard me recibe con una jarra de vino hirviente, como un té. Puedo tomarlo crudo, le digo. Me responde que hay. Así que me bebo con todos la pócima. ¿Y debo usar barba? Solo un momento. Nunca he tenido barba y menos ahora. Blanca, encrespada, de Santa Claus. En la fiesta tenemos la oportunidad, rara, de propiciar a voluntad que se rían de nosotros. Están Bas y Marieke. Ella con su risa de bruja y su cara de ángel, él con su traje negro impecable, corbata; camisa y zapatos blancos, una cola de caballo y esa manera torpe de bailar a lo John Travolta en Pulp Fiction. Viene Jozka a la fiesta, todos lo esperan tal vez con sus cejas pintadas de azul. Es el artista del barrio que tiene el mundo en su casa.

Llegan los rubios de pelo largo, tres, como hermanos gemelos y una chica, una mujer pequeña, una muy alta, el tipo de los zapatos de madera. Un caballero llega en bicicleta con dos botellas de vino, etc. Se nos permite entrar hoy detrás de la vidriera de la casa de Jozka, dónde todos se detienen a mirar los papagayos disecados y las piernas de mujer que sostienen donde se juntan varios tomos de la enciclopedia. Un muñeco de nieve, sobre la mesa una cabra de tetas inmensas, un póster de tango. Todos quieren ver la casa abigarrada alta y loca de este loco. En la sala nos sentamos en corro y él sólo en la mesa amplia. Con una biblia y un manuscrito. No veo los candelabros antiguos atados al techo con cadenas de grúa, ni los tres flamencos que guardan la estufa, pero sí los cuadros en el techo y las paredes agrietadas a propósito y el tapiz de las huestes de Guillermo el Conquistador pintado por Geke y más de veinte jaulas sin pájaros, pero con alpiste.

La casa se encima, nos aprieta el arte místico, la humedad, el polvo, la penumbra. De todas partes salta el acervo universal y no se puede detener la vista en un lugar sin que miles de objetos protesten desde la otra pared. Una flor en un vaso roto, el retrato de Dante, el candelabro cubierto de cera, las campanas de cobre, los espejos donde nadie se puede mirar, los zapatos en pares de distinto color, los espejuelos y una nariz artificial.

Joska lee y todos ríen al principio, menos yo. I don't speak Dutch, me acostumbro a decir. Pero la risa es contagiosa y me toca y me hace estúpido también. ¿Qué lee Jozka? ¿qué hilarante discurso sobre la burocracia de los ángeles? Regresamos entonces a la primera casa, en procesión con campanillas y cantando. Vino y canciones. Sobre la mesa hay un perro eléctrico que baila y aplaude con las orejas, y en la cocina aperitivos. se espera sopa bien tarde en la noche. Es el turno de Allard, quien no ataca esta vez con su repertorio de viejos y socialistas himnos italianos. Acompañado del acordeón canta un aria, también sobre ángeles. Marieke lee sus poemas infantiles y el hijo de Jozka da una extensa conferencia dónde solo entiendo palabras sueltas como inspiración y Escandinavia

Otra vez a casa de Jozka. Nos lleva a su habitación por pasillos estrechos, llenos de fotos viejas y recortes de periódico. Hay una cama redonda y sobre ella la mujer pequeña. Todo en penumbras. La mujer alza la vista a nosotros al mismo tiempo que aumenta el volumen de su voz. Un sonido monótono, ¿un grito, un canto? Y su voz viaja del sonido a la palabra, sin que desaparezca el místico eco de este primer grito. Es italiano antiguo y el nombre de Beatriz nos lleva al momento en que Dante desde la barca escucha la voz de los ángeles. Tres minutos de un concierto sublime, improvisado. Beautiful, little lady, le digo con vaho de tinto.

Al final cada uno de nosotros se sube a la cama y besa a la mujer pequeña. En casa de Allard se lee un fragmento de Fantasmas del camino. Geke lee; otro señor también, algo del poeta y periodista Remco Campert. La mujer alta recita un poema acerca de Pushkin y luego toca el acordeón. Vino, cerveza y de nuevo a casa de Jozka. A ver el mono que come plátanos con las manos y se masturba con los pies. Canta Jozka semidesnudo, abrazado al pervertido animal, una canción para Allard y Geke, y todos ríen. Más cuando piden al cubano que monte también un número, pero que sobra literatura y falta despelote. Y el cubano borracho, con Jette, se puso a bailar salsa, porque nobleza obliga y aunque en tal ambiente pueda bien gritar: Alicia Alonso y después yo, mi papelazo que lo cuente otro, pues escritores había.

Todo ocurrió antes y un poco después de la sopa de Navidad.